miércoles, 19 de febrero de 2014

EL ESTADO ES UN BOTE

Mi amiga N comparte vivienda con dos amigos, S y A, en una céntrica calle de Heilbronn. Se trata del típico piso de estudiantes, en alemán Wohnungsgesellschaft, con tres habitaciones, cocina y baño para compartir. Lo que suele distinguir a lasWohnungsgesellschaften de los pisos a secas, o Wohnungen, es que estos últimos sí tienen salón. Por tanto, mi amiga N tan sólo comparte las zonas comunes de la cocina y el baño.

Cuando yo llegué a la ciudad en octubre y no tenía nada, N me invitó a pasar la noche en su casa. A la mañana siguiente descubrí un bote en la cocina con un par de billetes de 5 euros y varias monedas. Por lo visto, me dijo, es algo típicamente alemán: los que comparten el piso hacen sus pequeñas aportaciones mensuales para comprar utensilios y productos de limpieza para la casa. No es la aportación lo que me sorprendió, pues eso se hace en todos los pisos compartidos del mundo, sino el hecho de que el bote estuviera en la cocina y al alcance de cualquiera, incluso durante las visitas.

No obstante, no tengo planeado comentar los paralelismos entre la transparencia gubernamental y la doméstica en un país como Alemania en contraste con España, sino que me voy a centrar en el bote en sí. En el concepto de presupuesto. Me gustaría reflexionar sobre lo que está pasando en España en estos momentos con el ejemplo de ese bote, para que mis amigos lo entiendan. Antes que nada, querría simplemente señalar la diferencia entre déficit y deuda. El déficit es la diferencia entre lo que se ingresa y lo que se gasta, es decir, si el bote recibe unos ingresos de 15 euros mensuales y se gastan 20 en productos para la casa que benefician a todos sus ocupantes, el déficit mensual de ese bote será del 25%. En el presupuesto del mes siguiente, por tanto, a los gastos previstos hay que incluir ese déficit de 5 euros, que suele financiarse con deuda (pedir prestado a otros). Si mi amiga N quiere endeudarse para poder financiar el bote, lo que hace es emitir unos bonos de deuda que gente con dinero compra. El bono es un simple ticket que dice ''te debo este dinero en el futuro, más los intereses'', avalado por mi amiga N.  

Hoy hemos conocido con gran alarmismo la noticia de que la deuda española ha alcanzado el 94% del PIB, la cifra más elevada de los últimos 100 años. La noticia la han dado los mismos medios que día a día nos informan con gran regocijo e irresponsabilidad de los ''éxitos'' del Tesoro Público (órgano encargado de emitir bonos de deuda) en la emisión de títulos de deuda. Así que cuando leas una noticia, querido amigo, con el Tesoro en el titular, más vale que te eches a temblar, porque están informando de lo que vas a deber a los acreedores en el futuro.

¿Qué está sucediendo con el bote español? Hablando en plata, que mucha gente está chupando de él. ¿Por qué llevamos teniendo un alto déficit desde que estalló la crisis? Ésta no es una pregunta metafísica, pese a que a muchos interesados les guste compararla al ''ser o no ser'' de Shakespeare o a juegos esotéricos. La pregunta tiene una respuesta más fácil de lo que parece, y es simple: el Estado gasta más de lo que ingresa. Inmediatamente surge otra pregunta: ¿cómo es posible, con esos recortes que no paran desde el estallido de la crisis? La respuesta es ''depende de qué recortes''. De nuevo, nos topamos con la manipulación del Gobierno y los medios, que para más inri, forman parte del sector más afectado por dicha crisis y necesitan vender miedo como sea. En una reveladora noticia de El Confidencial de septiembre de 2013, a la Comunidad de Madrid se le había desbocado el gasto sanitario un 37% en pleno proceso de privatización. Es decir, mentira aquello de que la privatización traiga automáticamente más eficiencia. Al mismo tiempo, Libremercado aseguraba más tarde que los gastos de la Comunidad de Madrid en Sanidad y Educación habían aumentado en 7.800 millones en plena crisis. Todo esto apunta a que las administraciones han eliminado camas, pero no personal, y no solo en Madrid. Finalmente, los datos de la EPA de 2013 le dejan a uno paralizado: el año pasado, el número de funcionarios se había reducido con respecto a 2011 en casi 300.000 personas, pero de 2007 a 2011 (los años más duros de la crisis) el número de empleados públicos había llegado a aumentar en 346.000. Los coches oficiales, asesores, agencias, el número de políticos y sus dietas, desgraciadamente, no entran en la EPA.

Con estos datos, y mientras la deuda sigue creciendo, no le queda a uno más remedio que entender la encrucijada que Luis del Pino nos propone: los españoles hemos de decidir entre autonomías y estado de bienestar. Sin embargo, cuando uno vive en Alemania y es consciente de que aquí también hay descentralización y las regiones son sostenibles, cabe preguntarse si no es un problema de la vigilancia que los españoles hacemos de ese bote que es nuestro Estado. España es actualmente una pocilga, pero de aquellos polvos que levantábamos al bailar, estos lodos en los que nos peleamos a garrotazo, como en el cuadro de Goya. Digo bailar porque, desde que gobierna Mariano Rajoy y el Estado ya no da ni para papeles de bonos de deuda, tengo la impresión de que hay muchos más rebeldes que antes, especialmente en la red, y concretamente ''rebeldes sin causa'', como los define Julio Anguita, gente que, mientras toda nuestra mierda se gestaba, no protestaba, porque se conformaba al ver dinero entrando y saliendo del bote sin control. Es gente que, en los buenos tiempos bailaba, reía y frivolizaba. La Historia de España está en la película del Gran Gatsby: ''en aquel tiempo todos bebíamos demasiado. Mientras más armonía teníamos con la época más bebíamos''

jueves, 30 de enero de 2014

PEDRO J. RAMÍREZ: EL REFERENTE

Cuando era pequeño, recuerdo que miraba la tele con desinterés, a menos que hubiera algo de dibujos animados, y de vez en cuando, cuando mi padre ponía lo que le interesaba, aparecían hombres trajeados y gritando, micrófonos, policías, maletines de dinero, tartas en la cara y bombas, muchas bombas. De vez en cuando aparecía un señor bastante acaparador, tanto en lo físico como en lo dialéctico, que hablaba con el mismo acento de la gente de mi entorno, y al que siempre se subtitulaba como Felipe González Presidente del Gobierno. Entonces, mi padre rompía su silencio secular y gritaba para sí y para los que escuchábamos con los playmobil en la mano: ''-¡GOLFO! ¡MÁS QUE GOLFO!'' 

Conste que mi padre pertenece a ese nada despreciable puñado de españoles que votaron a ese 'golfo' en 1982 y que luego se habían sentido decepcionados, traicionados o simplemente atracados, como es el caso de mi progenitor. En ese brusco cambio de opinión tuvo mucho que ver una persona que luego sería determinante, maestra y condición sine qua non para mi desarrollo profesional y personal hasta el mismo día de hoy: Pedro J. Ramírez, director primero del Diario 16 y luego del diario El Mundo del siglo XXI.  

Al alcanzar la edad de aprender a conducir, que en la familia González siempre ha rondado los 16 años, mi padre dejaba su periódico en la mesa y nos llevaba al descampado a dar vueltas con el coche, siempre recordándonos que estaba haciendo un gran sacrificio porque no había otra cosa que le gustara más que ''leer el periódico por la mañana''. Yo, pobre ignorante entonces, no concebía esa preferencia. Tengo que admitir que no he empezado a ser un lector espeso hasta los 19 años, gracias en parte a la profesora de Literatura Española Pilar Bellido, de la Universidad de Sevilla, puestos a agradecer y a mostrarnos sentimentales.  

En efecto, hoy estoy un poco tocado con la noticia -aparecida ayer- de que Pedro J. Ramírez abandona la dirección de El Mundo. Según El Confidencial y él mismo en su despedida de la redacción, la presión por parte del Gobierno ha sido notable. Pero hoy no quiero hablar de política (me encanta la novena definición del término que hace la RAE: ''Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo''), sino de recuerdos. Del recuerdo de quien me ha acompañado desde que lo descubrí y de quien ha supuesto una fuente indiscutible de crecimiento personal.

Fue una tarde -allá por 2003 o 2004- en la oficina de mi padre cuando me puso el periódico sobre la mesa y me dijo: ''qué bien escribe este tío''. Recuerdo perfectamente que la carta trataba sobre los pactos de Zapatero con los catalanistas Carod Rovira y compañía. La gran ilustración de Ricardo mostraba a los independentistas de entonces seduciendo y pasteleando con el jefe de Gobierno de entonces. Pero no sería hasta años más tarde, en 2007, que empezaría a leer -y acumular- periódicos compulsivamente, coincidiendo con mi traslado a la Universidad Complutense de Madrid. Todos los domingos me levantaba temprano para ir al quiosco de la calle Silvano y hacerme con un ejemplar de El Mundo. Me acuerdo de que entonces vivía una época dorada en lo que respecta al aprendizaje, aunque en lo social el panorama fuera más negro que el betún. En realidad, eran las dos caras de una misma moneda: empecé a sustituir los viernes de ocio por las lecturas y renuncié a la superficialidad para curtirme en la responsabilidad. A decir verdad, desde entonces me he sentido como el médico de la película Master and Commander, quien al llegar a las Galápagos pide permiso para estudiar a los animales a pesar de que el comandante, encarnado por un genial Russell Crowe, mete prisa para no perder el barco francés al que persiguen. Fernando Albero tenía razón al recomendarle a Amando de Miguel, con rima incluida: ''Si quieres ser tan feliz como me dices, no analices, muchacho, no analices''.

En 2009, durante los Cursos de Verano del Escorial, tuve incluso la oportunidad de hacer una pregunta a Pedro J, que se pasó por las conferencias que organizaba su diario. Me acuerdo muy bien de la pregunta y muy poco de su respuesta, quizá porque mientras me contestaba, ni yo mismo en mi candencia me creía la cuestión que había formulado: ''Bueno, aquí está todo el mundo peloteando al director de El Mundo, pero yo le voy a poner un poco en apuros... ¿qué opinión le merece la estrategia de El Mundo de copiar las exclusivas de Intereconomía con la caza del juez Garzón con el ministro Bermejo?''. Esbozó la sonrisa que estamos acostumbrados a ver en televisión cuando sus entrevistados intentan torearle o, peor aún, cuando contestan lo que Pedro J. quiere saber en ese preciso instante.

Esas conferencias fueron clave para estrechar mis lazos con el periódico. Ahí conocí a Francisco Rosell, director del diario en Andalucía, una persona a quien me volvería a encontrar más tarde en una librería, a finales de 2010. Desde 2011, tuve la oportunidad de publicar un par de cartas al director hasta que, en agosto de 2012, llegó el momento culmen de mi carrera cuando Rosell me dio la oportunidad de publicar un amplio reportaje (una página entera no es moco de pavo) sobre el 70 aniversario de la Guerra del Pacífico en Guadalcanal, redactado en una cabaña con electricidad de generador, rodeado de mosquitos y gorroñeando el sitio a mi anfitrión, el dueño del albergue.

Ahora abandona la dirección del periódico su principal fundador, y como he comentado con mi amigo Carles, el hecho es comparable a un magnicidio, pues muchos -o al menos yo- imaginábamos que Pedro J. aguantaría el tipo hasta el final, e incluso que con la originalidad que le caracteriza sería capaz de llegar a preparar una carta dominical póstuma. Este domingo estaré esperando esa última carta con gran interés, pues si ya las ha habido buenas, la última debe ser insuperable. Puede ser una gran lección para El Mundo.

domingo, 8 de diciembre de 2013

EL EFECTO MANDELA

El espíritu de 'Madiba' recorre nuestro continente. La gratitud de los europeos hacia el líder sudafricano toca todos los ámbitos. No, no es que Europa tenga problemas raciales, un régimen de Apartheid que derrumbar o un sistema político concreto que pisotee los derechos humanos. Pero Nelson Mandela ha conseguido, tras su muerte, algo no menos milagroso que lo que logró en vida: que mucha gente que nunca habla de política -por desinterés o pura ignorancia- ahora se vuelque en recordar su figura en las redes sociales, ya sea con imágenes, frases o comentarios


El fenómeno es digno de estudio en cualquier carrera. Pareciera que la política solo puede ocupar la conciencia y el debate de una mayoría de personas cuando, en primer lugar, hay una muerte de por medio que añada romanticismo al asunto; y, en segundo lugar, cuando el objeto en cuestión -Mandela, en este caso- ofrece algún tipo de consenso amplio en la sociedad, de tal manera que si se alaba y recuerda a un personaje que ha logrado la unión y reconciliación racial de un pueblo, ello solo pueda acarrear adhesiones y aplausos.

Esta actitud convierte el debate necesario en esporádico y dependiente de los obituarios, lo cual desfavorece poco a poco el desarrollo normal de la política. En España en concreto, el cliché y los mitos lo han invadido todo. Si ahora sufrimos la crisis política y económica más grave de las últimas décadas, eso se debe en gran parte a una dejación de funciones generalizada de la sociedad, unas funciones que empiezan por la ejemplaridad del propio ciudadano y terminan por el control sobre los dirigentes, que no son sino el reflejo más fiel de aquellos que les han votado.

Para compensar esa falta de participación política, muchas personas no dudan en expresar puntualmente opiniones políticamente correctas al abrigo de vigilias como la de ahora, dando la razón al actor Orson Welles cuando afirmó que ''muchas personas están demasiado educadas para no hablar con la boca llena, pero no se preocupan al hacerlo con la cabeza hueca''.

No reclamo, desde esta tribuna, un mundo utópico en que el tema de conversación sea siempre la política. Es verdad que detesto que la gente utilice su derecho al sufragio sin compartir sus inquietudes o proponer soluciones, pero comprendo que muchos huyan de ella, o que al menos la integren en su vida privada para evitar cualquier crispación. Lo que sí me gustaría es que la política, en sus escasos momentos de protagonismo, lo fuera para el presente, no para las nostalgias y los discursos vacíos.

martes, 5 de noviembre de 2013

RAÚL DEL POZO

Sabes que eres un obseso de la lectura cuando uno de tus escritores favoritos te cae muy mal. Y sabes que un escritor es bueno cuando se puede permitir la arrogancia, no escuchar al otro y faltar al respeto al 'respetable'. Es el caso de Raúl del Pozo, columnista de contraportada de El Mundo que tomó el puesto del fallecido Francisco Umbral en 2007, ya sabéis, el que venía a hablar de su libro.

La primera y última vez que he visto a Raúl del Pozo en persona fue durante los Cursos de Verano del Escorial de 2009. Acabada su conferencia sobre Larra, me atreví incluso a participar en el turno de preguntas, pero él siempre miraba el reloj y movía la cabeza rápidamente de uno a otro lado, sacudiendo sus flecos blancos. Unos días más tarde, en otra conferencia en la que también estaba presente Amando de Miguel, una joven hizo una pregunta un tanto etérea y antes de que acabara de hacerla, Del Pozo dijo a micrófono abierto y remangándose para consultar de nuevo el reloj: ''bueno, esto tiene que acabarse ya''. 

Hay varias razones de mi preferencia por este autor. Me gusta, al igual que David Gistau, por su estilo directo y desenfadado, pero codificado al mismo tiempo, por su profundidad y sus grandes muestras de infinita cultura. Me gusta también porque es un periodista que presume de héroes que hacen las veces de referencia, como Dostoievski y Larra. Y sobre todo me gusta por la manera que tiene de empapelar la actualidad, lo que está ocurriendo, con el paso del tiempo y las estaciones. Envuelve la basura de España con las hojas del Retiro en otoño, con la nieve de los tejados castizos en invierno, con el zumbido de las abejas en primavera y el revolotear de las alondras y golondrinas en verano, ese verano que en nuestro país siempre tarda en irse.

Me gusta que Raúl del Pozo simbolice la independencia de la que hacen gala otros escritores de El Mundo, como Arcadi Espada, Santiago González, Antonio Gala -ese comecuras- o Jiménez Losantos, en permanente distanciamiento con su director, Pedro J. Ramírez. Me gusta también que dote de un aire castizo a sus columnas, como siguiendo la huella de Umbral, y que cuando habla de España parezca que está hablando sólo de Castilla, que es el más romántico de los reinos que la fundaron, y el más decadente. Me gusta, como me gustan todos los periodistas decimonónicos en el Madrid del siglo XXI. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL CONSERVADURISMO DE LOS ESPAÑOLES

Siempre se ha dicho que España es un país de izquierdas. A simple vista, basta sumar los votos del PSOE en sus mejores tiempos con los de IU y los nacionalistas (la inmensa mayoría autoproclamados 'de izquierdas'), para obtener al menos 15 millones de sufragios. Habría que añadir los de Unión Progreso y Democracia, erróneamente calificada de derechas (principal e indirectamente en el periódico El País) por su componente patriótico. Ya se sabe que en España, desde hace tiempo, izquierda y patriotismo están reñidos.

Cualquier politólogo que estudiase el programa político del partido de Rosa Díez con una venda en los ojos lo asociaría con cualquier movimiento socialdemócrata europeo o liberal en Norteamérica. Sin siquiera entrar en detalles, la mera denuncia de la desigualdad entre comunidades autónomas (fomentada por los nacionalistas sedicentes progresistas) ya dice mucho de la orientación ideológica de la agrupación magenta.

Yo, sin embargo, soy de la opinión de que España es un país brutal y descaradamente conservador. He encontrado incluso numerosos casos en que votantes de un partido de derecha comulgaban con mucha más frecuencia que los de izquierda con los preceptos generalmente atribuídos a estos últimos, a saber: la generosidad, el respeto a la libertad ajena, el amor por la tolerancia, la conciencia ante el medioambiente, etc.

Pero, en general, la abrumadora mayoría de españoles son conservadores, si entendemos por conservadurismo la definición que la propia izquierda ha pincelado en las últimas décadas a su gusto: el egoísmo, la postración frente a la acción, la obsesión por la propiedad privada y el desprecio o maltrato de lo colectivo (propiedad pública), la desconfianza, la falta indiscutible de iniciativa o riesgo, etc. 

Pondré algunos ejemplos. Con el estallido de la burbuja inmobiliaria, ha salido a la luz en varios informes que España es el país de Europa con mayor número de casas en propiedad (cerca del 90%), frente a otros países como Alemania donde la regla es que ese mismo porcentaje sea el de titulares de un contrato de alquiler. Éste me parece un caso muy ilustrativo y clarificador sobre la mentalidad atascada de los españoles. Para empezar, que diría Anguita, el hecho de que un porcentaje tan alto de españoles se hipotequen significa, ante todo, que sus posibilidades de reinventarse ante la crisis (salir de la postración) disminuyen de manera notable, porque cargan con la losa de una obligación mensual que los limita económicamente, especialmente si no tienen empleo. Pero además, este dato revela y testifica que los españoles aprecian la propiedad privada infinitamente más que la pública. La ex ministra socialista Carmen Calvo, otra conservadora, lo resumió en lo crematístico: ''el dinero público no es de nadie''; y la observación de las calles o playas en la mañana siguiente al botellón lo sintetiza en lo estético: sería impensable que alguien dejara botellas vacías o rotas en el salón de su casa, o latas y bolsas pegajosas en sus cuartos de baño, pero la acera ''no es de nadie'' y que lo limpie el barrendero, ''que para eso está''.

Otro ejemplo es el ruido. España tiene el dudoso honor de ser, tras Italia, el segundo país más ruidoso del mundo. Importa más hablar que ser escuchado, como dijo Amando de Miguel. Esa es en realidad una forma de egoísmo. Pero luego están los gritos, los tuteos, la falta de consideración a ciertas horas por el sueño de los demás. El Estado del bienestar que protege la sedicente izquierda es en realidad, sin darnos cuenta, un estado de malestar.

El último ejemplo que quería mencionar es el que he llamado ''efecto Arzu''. Arzu fue un jugador del Betis afamado por su mala calidad pero asistencias increíbles. Sus lejanos y precisos pases de un campo a otro me recuerdan a esa esencia de los españoles tan nuestra que es la de pasarnos la pelota de unos a otros, en este caso para no tener que pensar demasiado. Me refiero a la elusión de responsabilidades, a las pocas ganas de implicarse en los problemas que atañen a otros (nuevamente, porque preferimos recrearnos en nuestro espacio privado). Esto conlleva a una falta de productividad enorme, de la que hablaré en otra nota.

La lista de defectos es larga, y el sufrimiento está asegurado. No quiero parecerme a John Hunter, famoso cirujano escocés con una enfermedad coronaria grave, que llegó a decir: ''mi vida está en manos de cualquier patán que decida alterarme''. De hecho, así fallleció, tras una discusión en un ateneo clínico.  

sábado, 26 de octubre de 2013

LEGO AND THE GERMAN LANGUAGE

German looks tough, but it isn't that bad. The hard thing of it is the fact that it takes longer (years) than other foreign languages to be spoken fluently. It has easy rules, but too many. It's all about practice and perseverance. Speaking fluent English is like building a house, but speaking fluent German compares to building a skycraper.  
Why is that? Let's keep on with the building example. Imagine the game Lego. For me, the difficulty of German lies in several factors:

-First of all, the pieces have too many colours (accents) depending on the regions, thus it's really hard for me to adapt to every single person I talk to, because the words that they spit out sound totally different when you drive just 50 kms away. 

-The building of a German Lego has different instructions than the rest, namely you have to follow a different order. You don't say ''I don't think its a good idea to but the turkey that grandma bought for Christmas in the oven'', you say instead ''Ich glaube nicht, dass es eine gute Idee ist, den Puter, den Oma für Weihnacht gekauft hat, im Ofen zu stellen'', meaning ''I think not, that it a good idea is, the turkey, that grandma for Christmas bought has, in the oven to put''. Now, reading that might be more or less understandable, but it means hell in the first stages of hearing German, or even now for me during conferences and speeches, after having been learning it for three years. 

 -But it's not only about colours or the order of the Lego pieces. It's also about the hinges that join the pieces (if there was any in Lego). I am talking about the ''Deklinationen'' here, the fact that an object could have several different articles depending on the situation. For instance, a car is neutral, so you use the article 'das', but if you drive with the car, you drive with 'dem' car. If you get in the car, you go 'ins' car. If you change the wheels of the car, you change them from 'des' car...

-There's also a cultural thing, and this has nothing to do with Lego. Germans are efficient, so they want quick and efficient answers. By the time the foreigner is thinking of a correct answer (I need to do it even in Spanish) and translating it into a proper german, the German listener is already yawning. Germans are also nice and original people who tend to approach you in the early hours of the day with a sentence, a question or a joke that you just... don't expect, so your brain has to think twice -or three times more. Such questions could be ''So did you survive?'' (after an action from yesterday that you just forgot), or ''What time are you going?''. This is the awkardest question of all for me, because I tend to forget what I have ahead and apparently Germans know your agenda better than you, because they plan more in advance than you.

-Unlike English speakers, Germans use more complicated words when they could actually use simple ones. English use 'Do' and 'make' a lot, whereas Germans pick other verbs of their rich vocabulary to mean the same thing. So they don't ask, for example, ''what are you doing today'', but ''what are you enterprising today?'', or they don't say ''to take a picture'' (ein Foto zu machen), but ''capture, give place to a picture'' (ein Foto aufzunehmen).  

There are many other facts that make this beautiful and entertaining language hard, but I am forgetting them now. A German will probably remind me later.

domingo, 20 de octubre de 2013

ETA A LA CARTA

No recuerdo cuándo empecé a interesarme por la política. Pero sí me acuerdo muy bien de mi primer pensamiento político, acompañado de indignación. Tenía 15 años y sucedió en Crawley, Inglaterra. A la salida de un curso de inglés, una mujer de Valencia ya entrada en años hizo un comentario sobre ETA. Dijo que no entendía ''cómo mataban a civiles. Si tienen que matar, que vayan a por los políticos''. No dije nada, pero el comentario me resultó repugnante, pese a que a mi edad lo normal es que estuviera saltándome las clases y dando ninguna importancia a lo que me rodeaba, pues eso era cosa de adultos.  

Hoy sigo lamentando la indiferencia de la gente ante temas tan importantes como el terrorismo. Y creo que, aunque son una minoría, hay gente que piensa como la señora de Valencia. Pero es que hoy, leyendo la carta de Francisco Rosell en El Mundo, me entristece enterarme de que un día de octubre del año 2000 los secuaces de ETA asesinaron a Luis Portero, fiscal jefe de Andalucía, definido por el propio Rosell como ''martillo pilón contra la corrupción''. Y me he acordado de la insensata e insensible señora de Valencia.

Porque hay algo que tenemos que tener muy claro. No hay una escala de buenos y malos dividida entre políticos, policías, jueces, periodistas, militares y civiles. No. Al igual que la mafia en Italia, ETA, desde su existencia, o por lo menos desde la muerte de Franco, ha tenido en su objetivo a gente que independientemente de su uniforme incomodaba al nacionalismo, gente que hacía las cosas bien y trabajaba por la libertad. Pero sobre todo eran lo primero: ciudadanos libres que ponía palos en las ruedas del mal, llámese corrupción o nacionalismo, lo mismo es. Nunca ha tenido en el punto de mira a políticos nefastos, a personas que dividen, a la gentuza de la peor calaña, porque no le ha interesado. Siempre ha querido arrancar las flores y regar las malas hierbas.

Me viene a la mente Gregorio Ordóñez, un tipo que hablaba tan claro -pese a referirse a País Vasco como Euskal Herria, algo que no entenderé nunca- que, siendo del PP, llegó a ser el más votado de toda Guipúzcoa, ahora en manos de ETA. O el del inspector Eduardo Puelles, clave en la lucha contra el terrorismo. Son los objetivos propios de la mafia, aunque esta mafia vasca se distinga de la italiana en que no se matan entre ellos mismos.