jueves, 18 de junio de 2009

A SU DERECHA, BILBAO, A SU IZQUIERDA, ZARAGOZA

Calla el comandante. Ha dado la puntilla a mi sueño. Despierto y me doy cuenta de la postura que está martilizándome. Giro el cuello para colocarlo como debe, y misteriosamente me duele aún más. Miro por la ventanilla, pero la luz me ciega unos segundos porque mis párpados están atontados con tanto aire acondicionado. Después de un rato, miro abajo y certifico el anuncio del piloto: una ciudad a mi izquierda asentada en campo amarillo, con una serpiente color verde que la atraviesa; a mi derecha, alzo mi cuello, aún dolorido, y sólo veo mar. Me levanto descarado y, en efecto, un paisaje mucho más verde acoge varias ciudades agolpadas entre montañas agresivas.

Ahora miro al frente, y es como en el cine. Todos miran adelante, algunos apoyados en el respaldo, como si la película fuera aburrida, solo que no hay película. Me percato de que el avión ya está boca abajo, dispuesto a tomar tierra, y bocabajo es la figura que se me acerca, aduladora: es una azafata, no tan aduladora como era de lejos, pues trae dos vasos de agua y una sonrisa forzada, y entonces el comandante retoma el contacto con los pasajeros: ''la temperatura en Madrid es de 38 grados, cielo completamente despejado, nuestro aterrizaje está previsto para dentro de unos 35 minutos''. ¿35 minutos? Dios, es lo que tardo desde mi casa a la facultad, caso de coger el coche y tirar por la M-40. Pero claro, Bilbao y Zaragoza están pegados, ''las distancias son más cortas desde el aire'', concluye mi madre.

No hay nubes que atravesar, pero seguimos bajando desproporcionalmente al peso de la máquina que nos transporta, y entonces el amarillo se va haciendo marrón, y aparecen ya surcos negros, como si una fila de hormigas se hubiera dispuesto a atacar un cuerpo bronceado y dormido sobre la arena de la playa. Pero esas hormigas no se mueven: ¡están poniendo huevos! Huevos blancos, pequeños, algunos más alargados, otros más cortos, que van de aquí para allá, fluyendo. Seguimos bajando. Qué iluso. Ni hormigas ni huevos. ¡Son cintas fílmicas! La película no está en el avión, está sobre esa tierra marrón y descuidada... Cintas grises cada vez más anchas albergan puntitos blancos cada vez más rechonchos, que con su movimiento nos quieren decir algo, sin desvelarse ante un Sol tan atrevido. Pero no, están callados. No dicen nada y sólo destellan luces naranjas e intermitentes. Y además, sólo cuando se disponen a cambiarse de cinta.

Entonces vuelta al mundo real. Me he despertado por completo, ya no me duele el cuello, ya no tengo imaginaciones, mi compañero se acaba de despertar y ya se ha perdido el espectáculo; debe estar acostumbrado a viajar por aire, porque no se fija en unos detalles tan bonitos y escasos de la vida. Estamos a menos de 2.000 pies de altura, y con un solo vistazo observo que descendemos a velocidad de vértigo, por encima de Torrejón, de San Sebastián, de un nudo de autovías y carreteras y lagos y trenes rojiblancos que patinan, por encima también de un montón de coches y camiones cuyas paredes se zarandean por efecto de la velocidad. Repito, todos callan. Nadie dice ni mu. El sonido alto de sus radios no me llega. Tampoco la conversación de sus ocupantes, ni el humo del cigarrito, ni el timbre del manoslibres, nada.

Aterrizamos, y un gañán nos saluda a falta de unos segundos para tocar la pista de aterrizaje. Bienvenido mister Marchal.

1 comentario:

Bayadère dijo...

Adoro mirar por la ventanilla en el avión, aunque casi siempre me ha tocado encima del ala, y no me importa ver poco más que nubes... Soy como una chiquilla pequeña jeje.