domingo, 24 de abril de 2016

PEDRO DE TENA TIRA LA TOALLA




El conocido periodista Pedro de Tena anunció esta semana que cerraba su diario digital Por Andalucía Libre. Es una buena ocasión para brindaros una reflexión sobre este periodista, sin la intención de que sea una hagiografía o un libelo. Cuando escribo sobre una persona, me gusta aportar tanto lo positivo como lo negativo. En el contraste está la objetividad.

La primera vez que oí hablar de él fue a través de mi padre, hace algunos años. Concretamente, a través de su libro La Tela de Araña andaluza, un grandísimo libro, tanto por la cantidad de datos, pelos y señales que prueban la inmensa corrupción del régimen andaluz, como por lo pulquérrimo de sus fuentes.


Luego he tenido oportunidad de seguir a esta cultísima persona por sus colaboraciones habituales en Libertad Digital o en EsRadio, hasta que un día se dio la ocasión de conocerlo en persona. Fue en la presentación en público de El Demócrata Liberal, en marzo de 2015, digital en el que colaboro y que es ya, tras la retirada de El Mundo de Andalucía y la rendición de Por Andalucía Libre, el único medio periodístico de oposición a la Junta de Andalucía, sin ánimo de exagerar.

Quería hoy rendir aquí, en mi cuaderno de bitácora particular y no en EDL, una reflexión sobre De Tena, concretamente sobre la gran decepción que sentí con este periodista aquel día de presentación en Sevilla. Me ha movido a ello una cita en su despedida de Por Andalucía Libre, la siguiente:


Dice De Tena que, tras el agotamiento que sufre, es hora de dar paso a gente más joven, ''con más fortaleza y resistencia'', para la lucha contra el régimen hipercorrupto de Andalucía.

Y me ha salido una sonrisilla socarrona.

El día de la presentación de El Demócrata Liberal había en la sala del Palacio de los Marqueses de la Algaba de Sevilla unas 100 personas. Entre ellas, periodistas, profesores universitarios, políticos (de UPyD) y familiares de los ponentes. También Pedro de Tena estaba allí, en la última fila. Y no hizo falta ser médico o notario para atestiguar, a ojo de buen cubero, que, de todos los asistentes, tan solo dos o tres eran menores de 28 años. Y uno de ellos era yo, el colaborador más joven de EDL y ponente aquel día. Una verdadera pena, vamos.

A la salida de aquel encuentro un grupo reducido de personas nos fuimos a tomar cervezas -con él- a un bar. Yo estaba como loco, tenía incluso mi saquito de aceitunas, porque había venido esa misma mañana desde Alemania, hasta el día siguiente, solo para asistir a este importante acto. No me podía creer que me estuviera librando del frío alemán, hablando de política con el Sol de la Alameda, con una Cruzcampo y en compañía de Pedro de Tena, uno de los más valientes periodistas de Andalucía!

A medida que íbamos bebiendo, empezaba a descubrir mejor al periodista de Tena. Lo primero que llama la atención es que no es tartamudo, a pesar de la impresión que da cuando participa en radio o televisión. Habla por los codos, siempre soltando un chiste (generalmente verde) cada dos frases. Y en pocos minutos uno lo reconoce como lo que los alemanes llaman un besserwisser, o sabelotodo. Una de esas personas que acaparan prácticamente toda la conversación, casi sin escuchar ni dar oportunidad de hablar a los demás.

En un momento de la conversación, De Tena me dijo algo directamente a la cara. Me echó en cara dos veces, pero sin perder su aura chistosa, mi pesimismo radical. Un año después, comprendo que con radical querría diferenciar mi pesimismo del suyo, el que le lleva a cerrar su página por lo siguiente:


 

Al día siguiente, el 8 de marzo, cuando aterrizaba en Alemania por la noche, mis amigos de EDL me comunicaban por Wassap los detalles de un artículo escrito en Libertaddigital.com en el que De Tena resumía el día anterior. De Tena, ese periodista que quiere legar su combate contra el PSOE andaluz a los más jóvenes, admiraba y daba las gracias al público que se había desplazado desde lugares tan lejanos como Málaga, pero no mencionaba mi visita, la de un ponente de 27 años, joven emigrante andaluz que retornaba para luchar, desde nada menos que Alemania. A cambio, y esto es lo que me dejó estupefacto, dejaba una línea escrita en la que hacía referencia a mí sin nombrarme: ''No negaré que algún pesimista radical, que no veía salida real del hoyo andaluz, también sorbía cruzcampo.''

Como De Tena me había dejado su teléfono, esa misma noche le puse un Wassap pidiéndole explicaciones por ese comentario inoportuno. Cuando me subía al tren en el aeropuerto, tarde ya, para volver a Stuttgart, me contestó con un mensaje que me dejó más atónito aún si cabe. No lo guardo porque quedó en el móvil antiguo, pero venía a decir que era una broma y que en vez de tomármelo a mal debería respetarle y decir básicamente que sí a todo, no vaya a ser que por incauto se me cerraran puertas en la vida laboral. Alucinante! No daba crédito.

Quise responderle que no era una manera respetuosa de contestarme y que tampoco era el típico plumilla que él se creía que yo era. Quise decirle que él jamás conocería a un joven licenciado en Periodismo que rechazara, como yo con 26 años, sentado una tarde de abril de 2014 en el despacho del director de El Correo de Andalucía, David López Royo, el puesto de subdirector por 2.500€ al mes arguyendo que se siente más libre en el extranjero. Pero no pude decirle esto. No contesté nada. Me quedé callado por respeto a mis compañeros de EDL, en especial a Luis, que tanto había hecho para ganarse el apoyo de De Tena a nuestra publicación.

Es una verdadera pena que, en una región donde un periodista de calidad se despide de su actividad diaria denunciando la falta de liderazgos para el cambio, aquellas escasas figuras jóvenes que brillan -perdonen la falta de modestia, pero uno sabe de inmediato que brilla más que la media!- no solo no sean reconocidas, sino que encima sean despreciadas de esta manera. 

Y es que este ha sido siempre el principal problema en cualquier área o región donde se precisa un cambio: la desconfianza, celos o malentendidos entre las fuerzas que podrían lograrlo.

miércoles, 28 de octubre de 2015

What is Romanticism

Romanticism is not, as many people think, a dinner with red wine and roses on a balcony. A romantic person is not someone who writes poems so their loved ones.

Actually, a basic condition of romanticism requires that two person cannot meet, or even will not meet again -after falling in love with each other. It is dispair, regret, and the feeling of having lost something. Or rather not having had it.

It happened in Oslo, Norway, last Sunday. She went out of Mucho Mas, a Mexican restaurant. She asked me for a famous local bar in Norwegian, but I didn't understand. She was there with two more people (sister, mother maybe?), and started a short conversation with me. But it was cold. Of course the other two people were in a hurry. I was making jokes, she was laughing. She said with her beautiful nordic accent: ''We are from the mountains''. According to her, from a city between Oslo and Berggen. She said ''I have seen you before, right?''. I said, removing my hat, that I was Spanish, so she could not have seen me before.

It was a romantic situation because I didn't ask her for her telephone number. I could have asked her because she was open enough. But as always, they are always open when they are 'protected' by other women -they act like castle towers. Indeed, romantic tales always need a castle story.

lunes, 17 de agosto de 2015

EL CLUB SOHO DE MOSCÚ

Hay tres tipos de sitio que no soporto. Primero los hospitales, por la sensación de tristeza, desesperanza y casi de guerra. Luego están los controles de seguridad de los aeropuertos, con sus reglas diferentes según qué país y personal y con tanto novato en la cola. Y por último están las discotecas, esos templos dedicados a las divinidades del sudor y el alcohol en los que raramente me lo he pasado bien alguna vez. Vamos, que mientras Dios descansaba al séptimo día, el diablo estaba componiendo el Danza Koduro para ponerlo a tope y que nadie se entendiera más que con el dinero y las copas. Todo esto lo pensaba hasta el pasado mes de abril, cuando visité el club Soho de Moscú (calle наб. Саввинская, 12, стр. 8) y se me cambiaron todos los esquemas.

Llegué en un taxi con seis alemanes. Nos encontraríamos con otros 13 dentro de la discoteca. Frente a la puerta, varios Ferrari y Bugatti. Al ascender por una alfombra roja, dos rusas vestidas de doncella nos pidieron las entradas. Estaba todo adornado como una casa de montaña. Al subir teníamos nuestra mesa preparada: asientos bajos, cojines blancos, camareros preparando las primeras bebidas y comienzo de los ensayos del grupo de música a nuestras espaldas. La coordinadora nos informó de que teníamos un bote de 90.000 rublos (unos 2.000 euros, el total de todas las entradas) para gastar libremente. Como se trataba de una mayoría de alemanes, y no juerguistas hispanos, al salir yo el último a las 7 de la mañana nuestra mesa seguía con superávit, y no déficit. Pero no adelantemos acontecimientos.

Cuando estaba convencido de que aquella noche solo la dedicaríamos al vodka, empezaron a llegar tapas de gambas fritas y cazón en adobo (cazón en adobo en la capital del antiguo imperio de los Romanov!), además de sushi, lo cual formaba una perfecta combinación. La gente se empezó a animar para bailar, y ya saben ustedes como son las rusas: el hombre paga, y es algo indiscutible. Forma parte de la cultura rusa como para un andaluz puede ser... no sé, votar al PSOE de Andalucía. Es algo paisajístico y, si en Andalucía el que hace lo contrario es un facha, en Rusia el rarito no se come un rosco. Así que tonto de mí, cuando mi presa me pidió que la invitara a champán, en vez de cargarlo a la mesa, que es lo que hubiera hecho cualquier sindicalista, me acerqué a la barra y me quedé más tieso que la mojama cuando me cobraron 18€ por una simple copa de cava.

Llegaba la hora de bajar a la primera planta (todo esto sucedía en la terraza, en primavera aún cubierta), y allí nos encontramos con una plataforma en la que bailaban dos rusas en bikini rodeando a un chaval con gafitas, una especie de Errejón, que agarraba un violín con fruición y miraba a todo el público en silencio. Esta Aufführung no la he visto nunca. No entiendo mucho de música, pero encontré muy agradable esa mezcla de House con violín. Pero todavía no me había dado tiempo a saborear este espectáculo cuando una camarera, en medio de la pista de baile, se hizo paso detrás de mí con una bandeja de platitos con caviar para los presentes. Un servidor alucinaba. Yo ya no tenía claro si allí se celebraba la nueva edición de Miss Rusia -motivo por el que escogimos este club- o el recibimiento a algún nuevo consejero en la Junta.

La guinda a la noche la puso el amanecer. Cuando el Sol entra por los infinitos cristales del Soho, el juerguista puede contemplar los rascacielos del distrito financiero de Moscú, su río principal y, en general, la tranquilidad muerta de las mañanas poscomunistas. En Soho viví una de esas mañanas en las que puedes contemplarte también a ti mismo, pidiendo una cocacola a la hora del lechero. Es la ventaja de la introspección. La herramienta más potente del progreso!

domingo, 12 de octubre de 2014

PARA MÍ EL 12-O ES...

Cuando era más joven me apasionaba España. Llegué a comprar una bandera nacional en Rosa Negra, una tienda en el centro de Sevilla, y la colgué de mi cuarto. En el primer coche que tuve para moverme por Sevilla y Madrid, durante la universidad, puse también una cinta de tela alrededor del retrovisor -algo que entonces estaba de moda y que, según percibo, ya no se lleva tanto. En mi año en Canadá, con 18 años, veía TVE 24h por Internet y escuchaba a Jiménez Losantos por la noche, cuando en España era por la mañana. Echaba de menos Sevilla, Andalucía, la playa, los amigos, el colegio, la seguridad de que tu familia te lo prepare y resuelva todo. Y es que Montreal me cambió, porque tenía que ir al banco a despachar yo mis asuntos, tuve que pagar mis primeras facturas de teléfono, lidiar con el técnico -atreviéndome en francés- que vino a instalarme Internet al piso. En fin, que me desvío. Estaba hablando del profundo amor y nostalgia que sentía por mi país. En los años anteriores a trasladarme a Madrid, veía también el desfile del 12 de octubre con gran emoción y alegría.

Poco a poco, fui abriendo los ojos. Algunos ya lo sabéis y habéis leido a lo largo de los últimos años mi opinión del pueblo español, refrendada en mis lecturas de Larra, Quevedo, Ortega y otros autores internacionales, además de muchos actuales. No obstante, no todo fue leer, también observar. Con los años me he llegado a convencer profundamente, gracias también a los viajes, de que los principales problemas de una nación como España comienzan desde el pueblo, o sea desde abajo, no desde arriba. Lamentablemente soy una excepción fulgurante, puesto que mis compatriotas pecan de orgullo (y la consiguiente falta de autocrítica) al igual que los alemanes pecan de exactitud o los turcos de etnocentrismo. La carrera de Periodismo me ofreció mucho tiempo para leer y también para observar. Madrid es un gran laboratorio de España, un crisol de culturas, estilos y procedencias. Una encrucijada donde hay de todo yendo hacia todos lados, donde a veces nada es lo que parece y donde los golpes de suerte a veces suceden a los de mala suerte y vice versa. Ya escribiré algún día alguna entrada dedicada a Madrid. 

Total, que algún día aciago me deshice de la bandera y dejé de sentir nada por mi país. Además seguí viajando y desarraigándome, y mi cuerpo se convertía en un rompecabezas con piezas de los cinco continentes, de donde sacaba lo bueno para intentar sustituir las piezas malas; o sea, que mi postura en España cada vez era más de turista, ya nunca más de ciudadano. Y es que empezaba a comprender algo que nunca supe explicar con palabras hasta que ayer leí un artículo en El Confidencial en el que se recordaba la definición de nación por Ernest Renan''Una gran agregación de hombres, sana de espíritu y cálida de corazón, crea una conciencia moral que se llama nación. Mientras esa conciencia moral demuestre tener fuerza por los sacrificios que exige la abdicación del individuo en beneficio de la comunidad, la nación será legítima, tendrá derecho a existir''. Cuando digo que los problemas empiezan desde abajo, y no desde el poder político, me refiero a que en España no ha existido, hasta ahora que yo sepa al menos, una abdicación del individuo en beneficio de la comunidad. Empezando si queréis por los empresarios, ¡ojo!, pero de ninguna manera quedándose ahí la cosa. Hoy en día, el parado quiere extender lo máximo posible su prestación, no vaya a ser que el Estado -o sea, todos nosotros- ose quedarse con más de lo que él ha aportado; el trabajador también quiere aportar lo menos posible a las arcas, empezando por ese 20% de economía sumergida a la que, por cierto, Pablo Iglesias aún no se ha referido. El 70% de los jóvenes quiere ser funcionario. Y, al final, la vaca del estado -machacada, para más inri, por la corrupción, el enchufismo y el derroche- está más tiesa que el que se fue a pedir prestada una cuerda para ahorcarse. 

De hecho, pongo la tele hoy y mi desilusión -¡qué digo, desilusión era antes, ahora es desinterés!- es mucho más grande con el izado de banderas o con la perspectiva de todos esos políticos inútiles en la grada. Me meto en Twitter y veo que #NoHayNadaqueCelebrar es Trending Topic en Sevilla. Como lo oyen. Y no os creáis que se trata de una autocrítica sobre nuestra cultura y mentalidad actuales, que sería bienvenida y sana, sino, como siempre, una que mira a nuestros complejos históricos. Una autocrítica sobre lo que nuestros ancestros de hace 500 años emprendieron en una época muy distinta donde no había un consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que autorizara o no invasiones porque simplemente las invasiones no existían, como tampoco existían fronteras ni guardias en una cabina que te pusieran un sello en el pasaporte. Comentarios de denuncia del tipo 'genocidio', o 'saqueo', o 'vergüenza' florecen aún en Twitter por gente a la que le encanta criticar pero no proponer. Gente que no sabe, sencillamente, ofrecer un modelo ideal de país más allá de la retórica facilona y anticapitalista desde, por supuesto, un I-Phone. 

Por todo esto, y porque mis planes de futuro pasan por asentarme aún más en Alemania y seguir conociendo su historia más reciente, sus problemas y ambiciones, cuando hoy he puesto la tele y he visto al Rey Felipe mirar en silencio la bandera que honraba a los que han dado su vida por España en el pasado, los pelos ya no se me han puesto de gallina como hace seis, siete años, cuando aún estaba en la Complutense; ni he sentido nada especial. De repente, las únicas brasas de emoción que he encontrado han sido en un recoveco de la chimenea de mis sentimientos, al acordarme de grandes personajes que hoy verían con más tristeza aún que en sus tiempos la deriva de mi país: San Isidoro de Sevilla, Nipho, Quevedo, Larra, Costa, Castelar, Cánovas del Castillo, Unamuno, Baroja, Azaña, Umbral, Antonio Herrero y otros muchos. 

miércoles, 19 de febrero de 2014

EL ESTADO ES UN BOTE

Mi amiga N comparte vivienda con dos amigos, S y A, en una céntrica calle de Heilbronn. Se trata del típico piso de estudiantes, en alemán Wohnungsgesellschaft, con tres habitaciones, cocina y baño para compartir. Lo que suele distinguir a lasWohnungsgesellschaften de los pisos a secas, o Wohnungen, es que estos últimos sí tienen salón. Por tanto, mi amiga N tan sólo comparte las zonas comunes de la cocina y el baño.

Cuando yo llegué a la ciudad en octubre y no tenía nada, N me invitó a pasar la noche en su casa. A la mañana siguiente descubrí un bote en la cocina con un par de billetes de 5 euros y varias monedas. Por lo visto, me dijo, es algo típicamente alemán: los que comparten el piso hacen sus pequeñas aportaciones mensuales para comprar utensilios y productos de limpieza para la casa. No es la aportación lo que me sorprendió, pues eso se hace en todos los pisos compartidos del mundo, sino el hecho de que el bote estuviera en la cocina y al alcance de cualquiera, incluso durante las visitas.

No obstante, no tengo planeado comentar los paralelismos entre la transparencia gubernamental y la doméstica en un país como Alemania en contraste con España, sino que me voy a centrar en el bote en sí. En el concepto de presupuesto. Me gustaría reflexionar sobre lo que está pasando en España en estos momentos con el ejemplo de ese bote, para que mis amigos lo entiendan. Antes que nada, querría simplemente señalar la diferencia entre déficit y deuda. El déficit es la diferencia entre lo que se ingresa y lo que se gasta, es decir, si el bote recibe unos ingresos de 15 euros mensuales y se gastan 20 en productos para la casa que benefician a todos sus ocupantes, el déficit mensual de ese bote será del 25%. En el presupuesto del mes siguiente, por tanto, a los gastos previstos hay que incluir ese déficit de 5 euros, que suele financiarse con deuda (pedir prestado a otros). Si mi amiga N quiere endeudarse para poder financiar el bote, lo que hace es emitir unos bonos de deuda que gente con dinero compra. El bono es un simple ticket que dice ''te debo este dinero en el futuro, más los intereses'', avalado por mi amiga N.  

Hoy hemos conocido con gran alarmismo la noticia de que la deuda española ha alcanzado el 94% del PIB, la cifra más elevada de los últimos 100 años. La noticia la han dado los mismos medios que día a día nos informan con gran regocijo e irresponsabilidad de los ''éxitos'' del Tesoro Público (órgano encargado de emitir bonos de deuda) en la emisión de títulos de deuda. Así que cuando leas una noticia, querido amigo, con el Tesoro en el titular, más vale que te eches a temblar, porque están informando de lo que vas a deber a los acreedores en el futuro.

¿Qué está sucediendo con el bote español? Hablando en plata, que mucha gente está chupando de él. ¿Por qué llevamos teniendo un alto déficit desde que estalló la crisis? Ésta no es una pregunta metafísica, pese a que a muchos interesados les guste compararla al ''ser o no ser'' de Shakespeare o a juegos esotéricos. La pregunta tiene una respuesta más fácil de lo que parece, y es simple: el Estado gasta más de lo que ingresa. Inmediatamente surge otra pregunta: ¿cómo es posible, con esos recortes que no paran desde el estallido de la crisis? La respuesta es ''depende de qué recortes''. De nuevo, nos topamos con la manipulación del Gobierno y los medios, que para más inri, forman parte del sector más afectado por dicha crisis y necesitan vender miedo como sea. En una reveladora noticia de El Confidencial de septiembre de 2013, a la Comunidad de Madrid se le había desbocado el gasto sanitario un 37% en pleno proceso de privatización. Es decir, mentira aquello de que la privatización traiga automáticamente más eficiencia. Al mismo tiempo, Libremercado aseguraba más tarde que los gastos de la Comunidad de Madrid en Sanidad y Educación habían aumentado en 7.800 millones en plena crisis. Todo esto apunta a que las administraciones han eliminado camas, pero no personal, y no solo en Madrid. Finalmente, los datos de la EPA de 2013 le dejan a uno paralizado: el año pasado, el número de funcionarios se había reducido con respecto a 2011 en casi 300.000 personas, pero de 2007 a 2011 (los años más duros de la crisis) el número de empleados públicos había llegado a aumentar en 346.000. Los coches oficiales, asesores, agencias, el número de políticos y sus dietas, desgraciadamente, no entran en la EPA.

Con estos datos, y mientras la deuda sigue creciendo, no le queda a uno más remedio que entender la encrucijada que Luis del Pino nos propone: los españoles hemos de decidir entre autonomías y estado de bienestar. Sin embargo, cuando uno vive en Alemania y es consciente de que aquí también hay descentralización y las regiones son sostenibles, cabe preguntarse si no es un problema de la vigilancia que los españoles hacemos de ese bote que es nuestro Estado. España es actualmente una pocilga, pero de aquellos polvos que levantábamos al bailar, estos lodos en los que nos peleamos a garrotazo, como en el cuadro de Goya. Digo bailar porque, desde que gobierna Mariano Rajoy y el Estado ya no da ni para papeles de bonos de deuda, tengo la impresión de que hay muchos más rebeldes que antes, especialmente en la red, y concretamente ''rebeldes sin causa'', como los define Julio Anguita, gente que, mientras toda nuestra mierda se gestaba, no protestaba, porque se conformaba al ver dinero entrando y saliendo del bote sin control. Es gente que, en los buenos tiempos bailaba, reía y frivolizaba. La Historia de España está en la película del Gran Gatsby: ''en aquel tiempo todos bebíamos demasiado. Mientras más armonía teníamos con la época más bebíamos''

jueves, 30 de enero de 2014

PEDRO J. RAMÍREZ: EL REFERENTE

Cuando era pequeño, recuerdo que miraba la tele con desinterés, a menos que hubiera algo de dibujos animados, y de vez en cuando, cuando mi padre ponía lo que le interesaba, aparecían hombres trajeados y gritando, micrófonos, policías, maletines de dinero, tartas en la cara y bombas, muchas bombas. De vez en cuando aparecía un señor bastante acaparador, tanto en lo físico como en lo dialéctico, que hablaba con el mismo acento de la gente de mi entorno, y al que siempre se subtitulaba como Felipe González Presidente del Gobierno. Entonces, mi padre rompía su silencio secular y gritaba para sí y para los que escuchábamos con los playmobil en la mano: ''-¡GOLFO! ¡MÁS QUE GOLFO!'' 

Conste que mi padre pertenece a ese nada despreciable puñado de españoles que votaron a ese 'golfo' en 1982 y que luego se habían sentido decepcionados, traicionados o simplemente atracados, como es el caso de mi progenitor. En ese brusco cambio de opinión tuvo mucho que ver una persona que luego sería determinante, maestra y condición sine qua non para mi desarrollo profesional y personal hasta el mismo día de hoy: Pedro J. Ramírez, director primero del Diario 16 y luego del diario El Mundo del siglo XXI.  

Al alcanzar la edad de aprender a conducir, que en la familia González siempre ha rondado los 16 años, mi padre dejaba su periódico en la mesa y nos llevaba al descampado a dar vueltas con el coche, siempre recordándonos que estaba haciendo un gran sacrificio porque no había otra cosa que le gustara más que ''leer el periódico por la mañana''. Yo, pobre ignorante entonces, no concebía esa preferencia. Tengo que admitir que no he empezado a ser un lector espeso hasta los 19 años, gracias en parte a la profesora de Literatura Española Pilar Bellido, de la Universidad de Sevilla, puestos a agradecer y a mostrarnos sentimentales.  

En efecto, hoy estoy un poco tocado con la noticia -aparecida ayer- de que Pedro J. Ramírez abandona la dirección de El Mundo. Según El Confidencial y él mismo en su despedida de la redacción, la presión por parte del Gobierno ha sido notable. Pero hoy no quiero hablar de política (me encanta la novena definición del término que hace la RAE: ''Actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto, o de cualquier otro modo''), sino de recuerdos. Del recuerdo de quien me ha acompañado desde que lo descubrí y de quien ha supuesto una fuente indiscutible de crecimiento personal.

Fue una tarde -allá por 2003 o 2004- en la oficina de mi padre cuando me puso el periódico sobre la mesa y me dijo: ''qué bien escribe este tío''. Recuerdo perfectamente que la carta trataba sobre los pactos de Zapatero con los catalanistas Carod Rovira y compañía. La gran ilustración de Ricardo mostraba a los independentistas de entonces seduciendo y pasteleando con el jefe de Gobierno de entonces. Pero no sería hasta años más tarde, en 2007, que empezaría a leer -y acumular- periódicos compulsivamente, coincidiendo con mi traslado a la Universidad Complutense de Madrid. Todos los domingos me levantaba temprano para ir al quiosco de la calle Silvano y hacerme con un ejemplar de El Mundo. Me acuerdo de que entonces vivía una época dorada en lo que respecta al aprendizaje, aunque en lo social el panorama fuera más negro que el betún. En realidad, eran las dos caras de una misma moneda: empecé a sustituir los viernes de ocio por las lecturas y renuncié a la superficialidad para curtirme en la responsabilidad. A decir verdad, desde entonces me he sentido como el médico de la película Master and Commander, quien al llegar a las Galápagos pide permiso para estudiar a los animales a pesar de que el comandante, encarnado por un genial Russell Crowe, mete prisa para no perder el barco francés al que persiguen. Fernando Albero tenía razón al recomendarle a Amando de Miguel, con rima incluida: ''Si quieres ser tan feliz como me dices, no analices, muchacho, no analices''.

En 2009, durante los Cursos de Verano del Escorial, tuve incluso la oportunidad de hacer una pregunta a Pedro J, que se pasó por las conferencias que organizaba su diario. Me acuerdo muy bien de la pregunta y muy poco de su respuesta, quizá porque mientras me contestaba, ni yo mismo en mi candencia me creía la cuestión que había formulado: ''Bueno, aquí está todo el mundo peloteando al director de El Mundo, pero yo le voy a poner un poco en apuros... ¿qué opinión le merece la estrategia de El Mundo de copiar las exclusivas de Intereconomía con la caza del juez Garzón con el ministro Bermejo?''. Esbozó la sonrisa que estamos acostumbrados a ver en televisión cuando sus entrevistados intentan torearle o, peor aún, cuando contestan lo que Pedro J. quiere saber en ese preciso instante.

Esas conferencias fueron clave para estrechar mis lazos con el periódico. Ahí conocí a Francisco Rosell, director del diario en Andalucía, una persona a quien me volvería a encontrar más tarde en una librería, a finales de 2010. Desde 2011, tuve la oportunidad de publicar un par de cartas al director hasta que, en agosto de 2012, llegó el momento culmen de mi carrera cuando Rosell me dio la oportunidad de publicar un amplio reportaje (una página entera no es moco de pavo) sobre el 70 aniversario de la Guerra del Pacífico en Guadalcanal, redactado en una cabaña con electricidad de generador, rodeado de mosquitos y gorroñeando el sitio a mi anfitrión, el dueño del albergue.

Ahora abandona la dirección del periódico su principal fundador, y como he comentado con mi amigo Carles, el hecho es comparable a un magnicidio, pues muchos -o al menos yo- imaginábamos que Pedro J. aguantaría el tipo hasta el final, e incluso que con la originalidad que le caracteriza sería capaz de llegar a preparar una carta dominical póstuma. Este domingo estaré esperando esa última carta con gran interés, pues si ya las ha habido buenas, la última debe ser insuperable. Puede ser una gran lección para El Mundo.

domingo, 8 de diciembre de 2013

EL EFECTO MANDELA

El espíritu de 'Madiba' recorre nuestro continente. La gratitud de los europeos hacia el líder sudafricano toca todos los ámbitos. No, no es que Europa tenga problemas raciales, un régimen de Apartheid que derrumbar o un sistema político concreto que pisotee los derechos humanos. Pero Nelson Mandela ha conseguido, tras su muerte, algo no menos milagroso que lo que logró en vida: que mucha gente que nunca habla de política -por desinterés o pura ignorancia- ahora se vuelque en recordar su figura en las redes sociales, ya sea con imágenes, frases o comentarios


El fenómeno es digno de estudio en cualquier carrera. Pareciera que la política solo puede ocupar la conciencia y el debate de una mayoría de personas cuando, en primer lugar, hay una muerte de por medio que añada romanticismo al asunto; y, en segundo lugar, cuando el objeto en cuestión -Mandela, en este caso- ofrece algún tipo de consenso amplio en la sociedad, de tal manera que si se alaba y recuerda a un personaje que ha logrado la unión y reconciliación racial de un pueblo, ello solo pueda acarrear adhesiones y aplausos.

Esta actitud convierte el debate necesario en esporádico y dependiente de los obituarios, lo cual desfavorece poco a poco el desarrollo normal de la política. En España en concreto, el cliché y los mitos lo han invadido todo. Si ahora sufrimos la crisis política y económica más grave de las últimas décadas, eso se debe en gran parte a una dejación de funciones generalizada de la sociedad, unas funciones que empiezan por la ejemplaridad del propio ciudadano y terminan por el control sobre los dirigentes, que no son sino el reflejo más fiel de aquellos que les han votado.

Para compensar esa falta de participación política, muchas personas no dudan en expresar puntualmente opiniones políticamente correctas al abrigo de vigilias como la de ahora, dando la razón al actor Orson Welles cuando afirmó que ''muchas personas están demasiado educadas para no hablar con la boca llena, pero no se preocupan al hacerlo con la cabeza hueca''.

No reclamo, desde esta tribuna, un mundo utópico en que el tema de conversación sea siempre la política. Es verdad que detesto que la gente utilice su derecho al sufragio sin compartir sus inquietudes o proponer soluciones, pero comprendo que muchos huyan de ella, o que al menos la integren en su vida privada para evitar cualquier crispación. Lo que sí me gustaría es que la política, en sus escasos momentos de protagonismo, lo fuera para el presente, no para las nostalgias y los discursos vacíos.